Los Estados Unidos Desde La Guerra Civil Hasta La Primera Guerra Mundial

Los Estados Unidos Desde La Guerra Civil Hasta La Primera Guerra Mundial

Author:Isaac Asimov
Language: es
Format: mobi
Published: 2009-07-20T23:00:00+00:00


Las Filipinas.

Por los términos del Tratado de París, firmado el 10 de diciembre de 1898, Cuba recibió su independencia, como Estados Unidos había prometido.

Guam y Puerto Rico, en cambio, fueron ocupados por Estados Unidos. A éstos nunca se les había prometido la independencia y no habían estado en rebelión. Se argüyó, además, que Guam sería una útil base naval para la flota de Estados Unidos y que si ésta no la ocupaba, lo haría alguna otra nación. En cuanto a Puerto Rico, estaba a sólo 1.600 kilómetros al sudeste de Florida y sería un puesto importante desde el cual dominar el mar Caribe.

Quedaba la cuestión de las Filipinas. Estaban a 11.200 kilómetros al oeste de San Francisco, y no lejos de la costa del continente asiático. Se hallaban en una parte del mundo en la que Estados Unidos nunca había tenido un interés militar particular. Las Filipinas, como Cuba, se habían rebelado contra España, y los insurgentes filipinos habían ayudado a los norteamericanos a tomar Manila. Puesto que se daba la independencia a Cuba, ¿no debían obtenerla también las Filipinas?

Así pensaban muchos norteamericanos pero los imperialistas de los Estados Unidos pensaban de otro modo. La independencia de Cuba había sido prometida (lo cual lamentaban), pero no se había prometido la independencia de las Filipinas, y surgió la exigencia de su anexión. Sería bonito tenerlas en el mapa con el mismo color que los Estados Unidos; significaría que también Estados Unidos tenía una colonia, y que podía mantener la cabeza alta en la sociedad de las potencias europeas.

McKinley cedió. Decidió que no se las podía devolver a España y que tampoco se podía permitir que las tuviera ninguna otra nación europea. Una vez que se persuadió a sí mismo de que, además, su pueblo no estaba capacitado para la independencia, Estados Unidos no tenía más opción que adueñarse de ellas.

El Tratado de París finalmente fue aprobado por el Senado (después de enérgicas objeciones de los antiimperialistas), el 6 de febrero de 1899. La votación sobre la independencia de las Filipinas dio un empate, y entonces era deber del presidente en ejercicio del Senado votar para romper el equilibrio. El presidente en ejercicio era el vicepresidente Morton, quien votó por apoderarse de las Filipinas. (El 21 de noviembre Morton murió en el cargo, en Paterson, Nueva Jersey.)

Y, en verdad, con el Tratado de París, Estados Unidos se incorporó al grupo de las grandes potencias y hasta el día de hoy no lo ha abandonado. Las orgullosas naciones europeas, acostumbradas a pasar por alto a Estados Unidos por considerarlo un país gritón, enorme pero desorganizado, que combatía sin eficiencia y sólo podía derrotar a indios y mexicanos, quedaron asombradas del modo como había aplastado totalmente a España en pocos meses. Estados Unidos, luchando simultáneamente en ambos océanos, había barrido a la flota española sin perder un solo hombre ni un solo barco en el proceso. Había ganado las pocas batallas terrestres que había librado y había impuesto su voluntad al perdedor.

El 4 de



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